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BITÁCORA 37 / E.R.R.O.R.

In contemporary capitalist societies, to err has a negative connotation and is punished. Inevitable as it may be, error cannot be tolerated in the standardized systems of production implemented during the Industrial Revolution. Norms, laws, and other principles regulating human behavior prevent any deviation. However, in studying the history of architecture, it is impossible not to observe that it was precisely the deviations from norms that allowed our discipline to respond to the social and cultural changes occurring in the real world. Without transgressions to the dictates of the academic dictates of the 19th century, the avant-garde and the modern movement could have never existed. Architecture, city, public space, and objects necessary for the survival of modern societies are the result of paths considered erroneous from a conservative point of view.

The scientific mindset of modernity created the illusion –which today we continue to blindly revere– of any design project; that is to say, a representation of an object completely separated from the world and which we believe, with certain ingenuity, will exist in all its perfection in reality thanks to our obsessive control. In the design project error has no place. When any design project is brought to existence, we inevitably find errors that result from its the contact with the world in which we live. Architecture, urbanism, or design are based on methodical and accurate planning down to the millimeter, however, their built results are, to a greater extent, due to errors, uncertainties, and chance.

To err also means to wander, to roam aimlessly, in order to, perhaps, discover new horizons. Is it possible for our disciplines to wander outside economic budgets, master plans, paper drawings, and computer renderings? This issue of BITÁCORA seeks to address one of the definitions of erring that can be considered as a virtue of thought, imagination, or attention. --- En las sociedades capitalistas contemporáneas el error tiene una connotación negativa y es castigado. Independientemente de que sea inevitable, la equivocación no se puede tolerar en la cadena de producción implementada a partir de la Revolución Industrial. Las normas, leyes y demás absolutos reguladores del comportamiento humano previenen cualquier desviación. Sin embargo, al estudiar la historia de la arquitectura es imposible dejar de observar que fueron precisamente las desviaciones de las normas las que permitieron que nuestras disciplinas respondieran a los cambios sociales y culturales ocurridos en la realidad. Sin las transgresiones a los dictados de la Academia del siglo XIX, las vanguardias y el movimiento moderno jamás hubiesen podido existir. La arquitectura, la ciudad, el espacio público y los objetos necesarios para la supervivencia de las sociedades modernas son resultado de caminos errados desde un punto de vista conservador.

La mentalidad científica de la modernidad creó la ilusión –que hasta hoy veneramos ciegamente– del proyecto, es decir, una representación de un objeto completamente separada del mundo, que creemos con cierta ingenuidad, que existirá con toda su perfección en la realidad gracias a nuestro control obsesivo; en él, el error no tiene cabida. Invariablemente, al aplicar el proyecto a la realidad, observamos errores que son expresiones del contacto con el mundo en el que se actúa. La arquitectura, el urbanismo o el diseño se basan en la metódica y exacta planeación al milímetro, sin embargo, deben sus resultados en mayor medida a los errores, las incertidumbres y el azar.

Errar también significa deambular, andar sin rumbo fijo para, tal vez, descubrir nuevos horizontes. ¿Es posible que nuestras disciplinas divaguen fuera de presupuestos económicos, del proyecto ejecutivo, del dibujo en papel, de las imágenes en las pantallas? En este número de BITÁCORA buscamos reflexionar al respecto de una de la definiciones del errar en la que se le considera una virtud, del pensamiento, de la imaginación o de la atención.
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